(Español) Motivos: búsqueda vital y hallazgo cotidiano. Pintura, escultura, grabado y cerámica. Por: Carlos Escala Fernández
Motivos: búsqueda vital y hallazgo cotidiano.
“…el arte es armonía…”
George Seurat
“…la imaginación se convierte de nuevo
en la reina de nuestras fuerzas…”
Maurice Denis.
Para el diletante que se acerca a una exposición, el grabado, como la escultura y la cerámica, continúan guardando el espíritu del atelier renacentista. La tecnología que convirtió los pigmentos en pinturas industriales no ha podido derrotar al taco, aunque lo repita por años. Aquí no se encuentran pruebas de autor, o pudiera entenderse que todas los son en su desigualdad. Al cabo de casi tres décadas el creador se permite “revivir” algunas obras, salvar una matriz xilográfica, imprimir nuevas colografías y monotipias, dejar constancia visual de la destreza en el dibujo, así como de aquellos trabajos que se perdieron entre instituciones y compradores, amigos y donaciones, en los sueltos que a modo de catálogo-memoria circuló entre los asistentes a la muestra.
Avelino García Pérez, “Avelo”, quiso mostrar a sus maestros de Santiago de Cuba el fruto de sus inquietudes y desvelos, del agitar constante de gubias y tórculos, solo interrumpido por la labor docente. El Taller Cultural “Luis Díaz Oduardo”, fue el espacio propicio para la apertura de la expo 29 años y el protocolario vernissage, realizado el pasado 14 de septiembre. Tomar por asalto esta plaza fuerte del grabado cubano se antojaba esfuerzo quimérico, pero el diálogo de las obras y el autor con el público y los artistas de esta urbe oriental dio como resultado la aceptación de sus valores intrínsecos, la renovación ideoestética del propio Avelo y la apertura de nuevas propuestas de intercambio cultural.
El espacio donde se reúnen piezas de una exhibición antológica, como la que nos ocupa, suele estar imantado, sujeto, a un hilo existencial urdido con emoción autobiográfica, generalmente a salvo de lugares comunes y excesos del mercadeo, al que ningún artista es plenamente inmune. Por ello, cuando Avelino mira hacia el pasado, incluso reciente, armado del pleno conocimiento de las cuatro nobles verdades, no busca regodearse en reconstrucciones egocéntricas alimentadas por el sentido aristotélico de la catarsis, sino de un sentido distinto que la incluye, en pelea constante, para alcanzar un nuevo estado de conciencia iluminada. En palabras de Siddarta Gautama en Uruvel:
“Yo no apilo leña para fuegos ni altares;
yo enciendo una llama dentro de mí,
mi corazón es el hogar, la llama es el sí mismo domado”[1]
En este trayecto vital, sin embargo, no acaba de renunciar al ciclo de renacimientos: se debate entre aquellas realidades que le han marcado. De ahí que en su recorrido destaquen series que en modo alguno resultan antitéticas pues van imbricándose paulatinamente en una transformación que siempre contiene elementos retrospectivos. Los primeros años marcaron derroteros en los que su obra mezclaba un sentido particular de lo grotesco (sus “bichos”) con la mirada descarnada hacia los metarrelatos de la Historia del Arte y allí se fundían los paradigmas, Leonardo, Edvard Munch y Duschamp, Carlos Enríquez, con sus visiones del mundo, del medio al que era imposible escapar. Puede pensarse que respondía a aquella arenga intelectual de Jorge Mañach en La crisis de la alta cultura en Cuba: “Ha llegado la hora de ser críticamente alegres, disciplinadamente audaces, conscientemente irrespetuosos.”
Entonces, tan posmoderno y carnavalesco modus operandi de los noventa, basado en el reconocimiento tácito de que en “el mundo actual, la cultura material, como serie de imágenes, carece de la noción de propiedad,”[2] rozaba lo trágico al despertar de paso el motivo de la iconografía religiosa y ofrecer una visión aterradora de la Nuestra Señora de la Caridad (conservada en uno de los sueltos), y no precisamente por sus cadavéricas facciones, sino por reflejar más a los que buscan el objeto representado (la imagen), que a su “contendido místico” y sus “valores auténticos”, con una fe torcida y egoísta que olvida el mandato del amor, en medio de circunstancias de penuria percibida en numerosos símbolos de evidente intertextualidad e imágenes de inanición y comercio sexual. De otro lado, en la “reestructuración” formal y conceptual de La Última cena tiene lugar un desplazamiento de sentido que la sitúa en las antípodas de su extensa lista de predecesoras como señalamiento del rejuego de los opuestos libertad/esclavitud construido sobre los discursos históricos del poder temporal y espiritual y el mismo artista la convirtió en motivo de un acercamiento doble, al ofrecer dos versiones “prisioneras” de la realidad individual y colectiva.
El dolor, expresado en el tema de la muerte (en la serie Violencia callejera), la enfermedad y la frustración, va conduciendo por un sendero camuflado en la sensual naturaleza de Gaya y en escarceos amatorios sin rostro. La huella de la ciudad y del golfo que la baña y vive unido a ella, se dejó sentir junto a las utopías de la modernidad cubana, amén de sus conflictos vívidos en la depauperación del entorno urbano, la incomunicación y las fatigas de la subsistencia. También el amor filial, la amistad, la admiración, se encontraban en la serie de retratos, expuesta en julio de 2011, de la que Avelo quiso dejar una muestra. En esta otorgó un papel primordial al uso expresivo del color. Pistas: notas del artista que no se comporta como el impresor metódico que emplea toda la superficie cuadrangular con esa suerte de horror vacui presente a lo largo de la tradición, sino que privilegia, sobre todo en la colografía los objetos y seres representados.
No obstante, al igual que en la xilografía, se observa una riqueza de textura y limpieza que llaman a la contemplación puramente hedonista, si no fuera por aquellos “tropos” que vuelven a situar al espectador en la contradicción fundamental que se cierne sobre el artista, reflejada en la otra serie medular: Alcanzando la iluminación. De hecho, el conjunto alcanzó claridad meridiana a la luz de las concepciones filosófico-religiosas que afloran cuando se intenta responder a través de sus obras a las preguntas ¿qué es el sufrimiento? ¿cómo surge? ¿cómo puede ser superado? ¿por cuál camino puede alcanzarse su fin? Aunque justo en el arte parece radicar ese punto donde el Yo se afianza por encima del óctuple sendero y acepta el karma como natural consecuencia de los actos que le permitieron hablar mediante estas piezas y provocar la reflexión del público que, ajeno o no a sus luchas, encontrará motivos de duelo o liberación.
Carlos Escala Fernández













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